¿Qué pasa antes de que un adolescente termine protagonizando una pelea, llevando un arma o reaccionando violentamente? Para Raúl Ontiveros, del Centro Faro, una parte de la respuesta puede estar mucho más cerca de lo que parece. “Normalmente son conductas aprendidas”, afirmó al referirse a los episodios en los que aparecen cuchillos o armas. Según explicó, los chicos observan desde pequeños cómo los adultos reaccionan ante el enojo, una discusión o una frustración. Gritos, insultos, golpes sobre una mesa y humillaciones pueden terminar formando parte de los modelos que reciben. “Preguntate en esta última semana o en este último mes cuántas veces nuestros hijos nos vieron o escucharon gritar, insultar, pegarle una piña a la mesa, ofender o humillar al otro”, planteó.
Ontiveros aclaró que no existe una única causa. También mencionó consumo de sustancias, bullying, falta de afecto, límites poco claros y problemas de descanso. En ese último punto advirtió sobre adolescentes que permanecen con el celular hasta la madrugada y pocas horas después deben asistir a clases. La falta de sueño, explicó, puede sumar irritabilidad a otras dificultades emocionales. El especialista también llevó la reflexión al deporte infantil, donde muchas veces son los propios adultos quienes insultan o reaccionan agresivamente desde las tribunas. Por eso, su mensaje final fue directo: antes de buscar todas las respuestas afuera, “primero arranquemos por casa”.

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